viernes, 14 de noviembre de 2008

Mauricio-José Schwarz y Paco Ignacio Taibo I

En varias ocasiones he echado mano de los mensajes que mis cuates de PCM intercambian por medio de la red.

Hoy Mauricio-José Schwarz nos regaló un post en memoria de PIT I, el cual merece ser reproducido en este sitio, al cual, además, le da brillo y esplendor.

En realidad hablé poco con él.

Lo conocí porque me hice amigo de su hijo, primero, por la literatura, después por el periodismo y, finalmente, porque compartimos una visión política y social. En casa del hijo, pues, lo conocí y lo hallé de una parte entrañable y de otra un tanto imponente pese a su baja estatura. Tenía un currículum periodístico impresionante y se movía en terrenos tan diversos como el buen fútbol, la mejor cocina y la óptima literatura, además de que representaba la última oleada del exilio español, la de los que toleraron veinte años de sumisión a una dictadura brutal y feroz hasta que consiguieron los recursos necesarios para tomar a la familia y huir, como miles antes, a México.

Un día de 1991, el progresivo deterioro de Excélsior y, sobre todo, la actitud cada vez más insoportable del responsable de la sección de cultura me amargaron demasiado la mañana. Bajé del edificio viejo del periódico por el lado de talleres, saliendo a Bucareli, crucé la calle,
entré al edificio de El Universal, subí a la sección de Cultura y me encontré con las canas rizadas y el bigote siempre hirsuto de Paco Ignacio "El Jefe" Taibo, que me saludó mientras corregía un artículo.

-Oye, Paco, ya no voy a escribir en la cultural de Excélsior.

-Ah.

-¿Cuándo empiezo a colaborar contigo?

-Mañana en la mañana entrégame dos cuartillas.

Realmente fue poco heroico, pero así terminaron 9 años de trabajo en Excélsior, cuyas puertas me abrió otro grande, el maestro Edmundo Valadés, se consumó mi traslado y se iniciaron ocho años escribiendo bajo la discreta, casi invisible batuta de Paco, además de permitirme también estar en El Gráfico, donde mi columna "Piedritas en el buche" llegó a obtener una mención en los premios nacionales de periodismo, en la sección de humor.

En El Universal escribí de lo que quise y cuando quise con varios segundos de a bordo de Paco, especialmente Leo Eduardo Mendoza. Me lo pasaba especialmente bien cuando su hijo Benito estuvo de segundo, porque a veces, cuando nos quedábamos solos, rehacíamos buena parte de la página cultural de acuerdo a nuestros frikis gustos de terror y ciencia ficción.

Cuando Ernesto "El hombrecillo" Zedillo, verdugo de la patria, decidió reescribir la historia nacional como secretario de educación pública, cuando aún ni en nuestras más negras pesadillas imaginábamos que habría que padecerlo como presidente, Paco abrió la puerta para que en cinco
artículos diarios desmontara yo la farsa del libro de texto de 5º de primaria perpetrado por los cobrones habituales de la intelectualidad con tarifa: Aguilar Camín, Leopoldo Zea, Enrique Krauze y demás bichos. Esos artículos acabaron glosados en la revista Cambio 16 México y provocaron que Zedillo me mentara la madre y después me castigara mandándome todos sus discursos a mi casa en un paquete.

Cuando creó el espacio "Cronista de guardia", probablemente el más delicioso cuerpo de relatos periodísticos del México de los 90, Paco Taibo me invitó a poner allí también mi granito de tinta. Mientras, la poca relación que en realidad tuve siempre con él tuvo su contraparte en mi disfrute por leerlo como cronista, como adorador de la buena cocina ("El libro de todos los moles" y "Elogio de la fabada" siguen siendo libros indispensables) y como gran experto del cine mexicano.

Un día decidí lanzarme a vivir a España y a Paco le dio muchísimo gusto, no por otra cosa sino porque venía yo a su tierra natal, Gijón, Asturias, donde lo vi muchas veces en los últimos 9 años. Mi pareja fue su secretaria cuando empezó a perder la vista, para dictarle su Esquina
Baja cuando estaba en Gijón. Escribía, cultivaba amigos que iban desde el recién fallecido poeta Ángel González hasta Sabina o el Yampi. Era de esos raros tipos a los que todo el mundo quería. Incluso siendo inquebrantablemente de izquierda, numerosos personajes de la derecha le guardaban gran cariño. De la derecha honesta, se entiende.

Lo vimos apagarse poco a poco en sus visitas a Gijón. El paseo del brazo de su inseparable Mari Carmen se convirtió en el paseo con bastón y, finalmente, en la silla de ruedas. Su lucidez se apagaba, aunque siempre sonreía. Hace un par de años lo vimos por última vez, y jodía que uno
tuviera que llegar hasta él y avisarle quién era uno, y esperar unos segundos a que reaccionara: "Paco, soy Mauricio"... y se le iluminaba el rostro pero uno nunca sabía si se acordaba o era un mecanismo para no hundirse porque la memoria lo traicionaba.

Se apagó ayer. Como dijeron sus hijos Carlos y Benito, la vida fue justa con él, al menos desde que llegó a México, lejos de la dictadura, y puso una casa en la que más de un refugiado, de Pedro Garfias a Serrat, acabó encontrando comida y charla.

Mi compadre Paco estará jodido, adoraba a su padre, aunque en el vídeo de El Universal se ve entero y realista como es él siempre. Me duele que le duela, pues, pero por lo demás, hace ya un tiempo que El Jefe Taibo estaba en otro lugar, que no sabemos cómo era, pero como Paco sonreía
tanto, seguramente era un buen lugar.

Abrazote de adiós a mi jefe Taibo, con él muere el último director periodístico que tuve que valiera la pena.

Mauricio

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