sábado, 2 de junio de 2007

Palabras

Este texto lo escribí el 26 de septiembre de 1983, hace ¡23 años! Al capturarlo para su publicación sufrió algunos cambios menores, sin embargo se puede decir que es la edición revisada de aquella de mi juventud.


Junto a mi escritorio tengo una caja de zafiro en donde viven las palabras. Cuando las musas se dignan visitarme abro la caja, tomo una de aquellas y la coloco en la palma de mi mano. Ahí la observo, le hablo, la desempolvo mientras le busco un lugar adecuado en la hoja en blanco. No todas se comportan de igual manera, cada una lo hace según su temperamento.

Hay palabras que me atraen: cotidiano, mujer, alma, paz, amor, siempre. Las uso con frecuencia para construir con ellas algunos poemas.

Algunas, como la inestable pasión, no se someten a mi jucio y buscan acomodo entre las líneas del poema ya avanzado. Debo reconocer que en ocasiones encajan mejor de lo que yo hubiera supuesto, así que, en general, las dejo hacer de las suyas.

En cambio, palabras como ave y suspiro parecen estremecerse al sentir la proximidad de un mientes o de algún odio, y otorgan tal dinámica a los versos que lo pienso dos veces antes de colocarlas antes de un apasionado beso o de una suave caricia.

Es frecuente que al tomar una palabra ésta venga unida a otras, como resultado de trabajos anteriores. A veces, ni sacudiendo con fuerza una pequeña madeja de palabras logro separar un te quiero, ni puedo obtener las palabras que forman un muero sin tí.

He pasado horas y horas buscando palabras que parecen no querer darme la cara. En una ocasión, cuando mi tacto adivinaba un mía todo lo que obtuve fue un inútil pasado.

Me ha ocurrido que las palabras se trenzan como el hilo de un tejido abandonado por varios meses: una masa formado por flor, cielo, lince, máscara y fuego me ocultaron por varias horas a una de ellas que se encontraba en el centro, la cual me urgía para un poema de desamor: vacío.

En cambio, otras saltan de entre la masa y parecen gritarme que quieren salir y ayudarme a armar el poema. De este manera he podido usar a esperanza, muerte, adiós y pincel.

Algunas se niegan a salir de la caja, lo sé por el desazón que sube por mi mano al tocarlas. Las uso por la fuerza que otorgan a algunos versos: diablo, conflicto, olvido y mentira son de este tipo.

Siempre sucede que algunas se quedan en mi mano. Después de esperar algún tiempo se acurrucan en mi palma y ronronean restregando su costado contra mis dedos. Casi siempre me siento incapaz de molestarlas para ocupar su lugar, así que suelo prescindir de ellas para ese poema . Tal suerte han corrido perdón, arcoiris y, extrañamente, nosotros.

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