martes, 13 de mayo de 2008

Mujer bella mirando por la ventana

Fue una tarde en el Golfo de México, en un inicio de mayo lleno de luz y de calor. Sin pensarlo demasiado me puse detrás de ella. Enfoqué, ajusté la apertura del diafragma, la velocidad y disparé.

La impresión en papel de esa foto ya acumula polvo en un entrepaño de mi librero, enmarcada en aluminio y junto a Cortázar, Fuentes, Benedetti, Sabines y varios latinos más que endulzaron mi juventud y enamoraron, conmigo, a varias mujeres.

Ella aparece de espaldas, rodeada de la penumbra, asomándose hacia un torrente de luz que viene de una playa cercana. Su pelo rubio, ligeramente alborotado, a contraluz, muestra su carácter libre, su desparpajo, el paso repertido de mis manos por su cabeza. Casi se escuchan mis recientes murmullos en su oído.


¿Qué pensaba en ese momento? Llévabamos cuatro días en la Costa Esmeralda de Veracruz, una zona formada por una serie de pequeños poblados pegados a la costa. Casi todos ellos no son más que una larga hilera de restaurantes de mariscos, hoteles poco pretenciosos, casas de huéspedes, fondas para conductores de trailers, cassuchas de pescadores y agricultores que el turismo se va comiendo poco a poco.

Nuestro plan de viaje era muy simple: parar en el poblado que nos pareciera atractivo, pisar la playa, visitar el poblado, buscar los platillos y artesanías locales, tomar un par de cervezas o toritos y decidir si pernoctábamos ahí.

¿Pensaba en la placidez después del amor? ¿Dudaba de la eternidad de nuestro romance? ¿Se planteba la necesidad de formalizar algo que ya lleva un año y medio de iniciado?

A la derecha de la fotografía se adivina el doble cristal de la ventana de alumino a medio cerrar. Una luz azul, fría, ajena al ambiente tropical no hace más que remarcar la intensidad del fulgor que las palmeras, el cielo seminublado y la arena arrojan sobre ella, logrando un halo dorado en su cabellera.

Fueron días divertidos e intensos. Casi desfallecemos por visitar Tajín en las horas en que sólo un par de estúpidos lo haría: de dos a cuatro de la tarde. La frase que mejor refleja el tamaño de nuestra irracionalidad la dijo una pequeña de cinco o seis años, sudorosa, sedienta, vestida de blanco, con huaraches, que caminaba cabizbaja bajo el apuro de sus padres:

--¡ Nunca volveré a visitar este lugar!

Espero que la niña recapacite al crecer.

Las pláticas entre mi amada y yo podían volverse complejas al calor de los toritos: relaciones pasadas, viajes anteriores, deseos guardados en baúles que ya nuestra memoría ha olvidado, autoflagelaciones por decisiones equivocadas, risas ante situaciones que en su momento fueron auténticas tragedias griegas.

La poca luz que entra en la habitación permite ver su espalda y el inicio de su cadera. Una ligera zona de piel delata un llantita coqueta y apetecible. Ya no es una adolescente, pero sus cuarentas más bien parecen treintas, y lo demuestra en más de un sentido.

Sus caderas. Prometedoras, redondas, turgentes, besables, ágiles, acariciables, mías. Sus inolvidables caderas jalan la vista en la fotografía, le dan un inmensa sensualidad a la toma. Sin embargo a mi me enloquece su agitado cabello dorado. Casi percibo el olor de su piel, de su cuello, de sus labios pegados a mi boca.

El pareo que ella acomodó de mil maneras en su cuerpo durante esas vacaciones apenas se vislumbra en el extremo izquierdo de la fotografía. La prenda cuelga, informe, junto a su cuerpo. La tela negra del pareo está adornada con lunas, estrellas y otros motivos que la hacen parecer una noche estrellada vista desde la campiña.

Esa tarde salimos a caminar al atardecer para buscar conchitas de mar. Ella llevaba ese pareo acomodado como falda. Se emocionaba como una pequeña cuando encontrábamos una concha en forma de galleta. 'Esta será para mi hermana' o para su hija o para una maestra, me iba diciendo al recoger esos pequeños regalos del mar. Esos momentos, aparentemente insignificantes, son la síntesis perfecta de la felicidad. Esos minutos son los que hacen que toda una vida valga la pena. Los atesoro como mis mejores posesiones.

En la fotografía su cara no es visible. Eso le otorga una magia especial a la imagen. Cada quien, cada observador, tiene la oportunidad de adivinar, de recrear su belleza. Así no hay límites para la ilusión: ella será tan bella como los anhelos particulares de cada quien.

Yo, solo yo, tengo la certeza de su cara ese preciso día. Yo, y nadie más, sabe cuan bella se veía en ese momento. Eso lo hace mía, eternamente, al menos en el contexto de esa fotografía.

Ella vió la impresión una semana después de regresar del viaje, Le entregué una copia en un marco de aluminio idéntico al que guardo en mi departamento.

Le gustó la foto. Me gustó que le gustara.

Quiero recordarla siempre así, relajada, plena, feliz, dispuesta a emprender el camino en cuanto sea necesario, sin condiciones, sin trampas, buscando un lugar en que, juntos, podamos seguir practicando la construcción de un amor tan especial que desborda los límites de esa fotografía, la de una mujer bella mirando por la ventana.

2 comentarios:

Armida Leticia dijo...

Manda tu historia a la página de la que te hablé ayer, para que seas otro de los escritores seriales, pero ¡Hazlo ya!¡Vale la pena!¡No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy!¡Manda tus datos a REMES!¡Yo ya aparezco en sus listas!

Saludos.

Anónimo dijo...

Hola. He estado navegando en tu blog y quería dejarte un saludo. El uso que haces de este espacio me recuerda "Último Round" de Cortázar. Tal vez por el modo de plantear las notas o simplemente por parecer un collage de anécdotas, literatura, pensamientos, etc.
Felicidades y gracias por compartir todo esto con otros navegantes que andamos por acá.

Saludos, Bumen.